Frecuento regularmente tragedias cotidianas.
Hoy mismo -ayer posiblemente- mordí con cansancio una silla movediza y plastificada de hospital.
La mordí, como digo, con fastidio en el cuerpo. Pero pronto mi actitud anterior se retiró, pues el grotesco agujero de una jaula desplumada dio paso a la magnífica visión de la paciente Nereida. Setenta años. Con el rostro de goma quemada. Hizo que me estremeciera.
Puede parecer que me sorprenda mi irreconciliable relación con lo mundano. No es cierto. Estoy cómodo con esta fascinación que me lleva de perverso a sucio. Que se rompe en ramos de dientes troceados.
Nereida, setenta capas de piel postiza. Sonríe como un muñeco. Aún así, se hace querer, pues lo ciertamente lastimoso de su rostro pierde todo su interés en una amabilidad miserable, o adorable.
Yo la miro, fijamente, sin remordimientos.
La fealdad ajena suele provocarme este instinto desafiante.
El frontispicio atolondrado no reconoce mi vigilancia.
Voy al lavabo para volver luego a mascar silla; tropiezo con Nereida maniquí afable y olvido llamar a Gloria. Durante, hojeo una revista y me paladeo en algunas mujeres hermosas. Mucho más hermosas que Gloria.
Me acerqué a Nereida y dejé que rememorara para mí el transcurso de sus operaciones; las molestias del pellejo liso; el corta y pega finalizado y el que esperaba, blanda y humana, en su máscara-retal.
¡Qué mujer tan hecha de chiste y escozor!
Me despedí cuando me sentí aliviado. Pues era capaz de entender lo siniestro con armonía.
Mañana-hoy, por supuesto- tendré que volver al conducto de colegas que se frotan con suspiros y amabilidades prefabricadas; que aspiran encontrar a un estúpido que se interese por esa irrisoria belleza de interior.
Me complace encontrarme con ellos.
El doctor me desatornilla diciéndome que no es problema. Que mi costumbre enfermiza nutre el pasadizo de azulejos blancos que precede a la consulta de “Quemados”.
plasplasplasplas
ResponderEliminarGracias, Johnny!! :)
ResponderEliminar