Tumbada y mirándose de lejos no se veía tan mal, se veía menos.
Después de haberse quitado el confetti troceado del pelo se levantó, buscó las baquetas y se puso a aporrear la batería con todas sus fuerzas...Acabó tocando con la cabeza, muerta de risa, casi ciega de excitación.
No estaba tan mal estar sola. Para ella, que lo había imaginado tantas veces, que fue empalmando los novios casi sin darse cuenta desde séptimo, que se había llevado ya un par de sustos quedándose embarazada, era lo mejor que podía pasarle.
Cuarenta años y no había tenido ni una pizca de intimidad... Qué raro.
Sin embargo no había cambiado casi. Era como cuando tenía 15 años y se empeñó en querer tener un hijo. El mismo que iba a tener con diecisiete cuando la preñara el Rulo: un bebé oscuro y con el pelo muy rizao. Bueno, eso ya le daba un poco igual. Lo importante era tener el nene.
O como cuando dijo que se iba a vivir a Dinamarca y volvió a los seis días pegando un portazo. Años más tarde contó que había estado pasando la semana en casa de su profesor de Lingüística y que solo quería demostrarles a sus padres que sabía buscarse la vida.
Se sentó en el suelo a apagar el ataque de risa y a atiborrarse a perdices, que era lo único que había de comer en toda la casa.
Me gustan mucho estos textitos que estás haciendo últimamente.
ResponderEliminarMe recuerdan mogollón a ciertos fragmentos de Virginia Woolf, [Retratos], de Relatos completos. Te los aconsejo, ya sabes...
Un besito y muchas gracias por colgarlos aquí para que podamos leerlos!
Me he ruborizado con este comentario. Ma que compararme a mí con la Woolf...
ResponderEliminarPues sí que tengo que leérlos. A ver si empiezo a leer un poco, que ya está bien de tanta literatura pedagógica...
Gracias a ti por leer y comentar.
Me pongo contenta con los comentarios tuyos, mira.
MUá!