Tengo una lata, pero solo para meterme dentro.
En ella busco, rebusco y alimento a mis pequeñas liendres.
Todas están dentro, conmigo. Van a vivir en esta lata.
Lo tengo todo pensado. Lo mejor va a ser siempre para ellas. Lo mejor es la lata, y dentro provisiones. Ellas engordan y sufren porque nunca se esfuman.
Nos acariciamos lo que se parece a una cara y nos frotamos como piezas de un puzzle que ha cobrado vida. Todo encaja, porque este universo está pensado para ser ideal. Yo lo pensé así.
Ellas no dicen nada, pero se mueven, sinuosas. Los movimientos dejan de ser deslizamientos para convertirse en latidos. Ya no cabe nadie más aquí dentro. Yo las elegí a ellas para ser felices.
Ya no quiero meterme a buscar. Ya no tienen edad de jugar conmigo. Mejor las dejo solas. Es una edad difícil. Me preocupa tanto verlas vivas... Lo primero de todo es que vivan, que vivan dentro de la lata, donde está lo mejor. Donde conocen todo. Si salieran podrían asustarse, aprender que el movimiento sirve, y que a veces provoca dolor. Los movimientos nuevos son dolorosos y nos llevan a lugares desconocidos.
No soy capaz de soportar su dolor. Deben estar dentro, donde puedan sentir que el espacio no existe, que ellas son el espacio.
Ahora voy a cerrar la lata. Debo respetarlas. Así lo quieren ellas. Las conozco.
Ya te lo dije el otro día, pero te lo repito aquí: chulísimo y terrible.
ResponderEliminar¿y seguro que no hay sitio para más liendres? ¿ni unas poquitas? las mías son minúsculas, utilizo un champú buenísimo... :-P
ResponderEliminar