jueves, 19 de abril de 2012

¿Original o traducido?

Póngame uno de cada, porfa.
Ahora en serio, no iba a empezar preguntándome/os que si es mejor leer las obras en original o traducidas, porque sé de buena tinta que algunas es mejor no leerlas; para otras obras, aunque sea una crueldad, puede que no importe mucho. A esto se suma, en algunos casos, que el trabajo del traductor puede resucitar un texto estéril. Vamos, que el original si lo es, bueno. Pero que si la traducción, sin dejar de ser fiel, lo deja resultón, yo qué queréis que os diga...
Cuánto filtro amable u oxidado habremos catado hasta la fecha para leer a muchos de los autores que nos gustan.
Para que una buena traducción sea, conviene que el traductor conozca los entresijos de dos lenguas, tenga buenas intenciones y haya sido muy lector (crítico) de todo. También añadiría que, para traducir bien literatura, uno tiene que ser un poco escritor. Sobretodo porque sino se debe de pasar bastante regularcillo (traduciendo el traductor, y leyendo la traducción el lector).
Leo en la revista de traductología Trans el artículo Traducir a Shakespeare. La palabra del actor, escrito sin duda por al menos un profesor que disfruta y siente mucho este segundo trabajo, Miguel Teruel. Lo leo y me entra pelín de morriña.
Me encantó el curso que pasé de polizón en las clases de Filología Inglesa. Solo quería meter las narices un poquillo, a ver qué aprendía.
Y nada, que no estoy yo muy fina para escribir por aquí, pero os recomiendo muy mucho la lectura del texto.
Esta entrada es mi pequeño agradecimiento a los traductores -a los buenos y a los más torpes- por haberse camuflado mientras leo a Knut Hamsun o Dostoievski (por ejemplo) o por haberse manifestado borgianamente en el momento menos esperado en una página para guiñarme un ojo.

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