viernes, 14 de mayo de 2010

Shepard (que, afortunadamente, no me deja en paz).


Resucito esta reseña (a riesgo de parecer pesada).

De cualquier forma, los pocos lectores que pueda tener este blog, ya me conocéis. O habéis sabido seguir las pistas y tenéis una baldosa con vuestro nombre en la madriguera. Poneos cómodos.

Shepard une historias sin remaches. El hilo conductor interno les deja vivir; codearse entre ellas sin intención de llevarse bien o mal, de sobrepasar o complementarse unas a otras. Sólo una arenilla nos dirige hacia la siguiente: así de sencillo.
Si hay algo que hace que una historia merezca la pena es que sea de verdad en el momento en que la lees. Shepard no pretende hacer amigos contando historias, pero los hace.
Una se diluye en la mirada de un niño aburrido, montada encima de una moto temeraria o despertándose con la voz de una locutora de radio que hace tiempo que pasó a ser tu único consuelo.
Además de todo esto, me encuentro con una poesía casi bestial: ¿para qué empeñarnos en sugerir? ¿Por qué no abandonar al símbolo a la suerte, dejar las piezas desperdigadas, manifestarse con tres sentencias rudas?
No hace falta que diga que es uno de mis libros favoritos, aunque yo no sepa decirlo con la misma verdad que lo diría Shepard.

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