jueves, 13 de diciembre de 2012

Vuelta a Valencia





Todo se alisaba milagrosamente cuando Mia, con sus enormes y grises cejas, se sentía en su hogar.
Ésto era algo insólito. Se producía dos o tres veces al año.
Y por eso quería escribirlo, escribirlo no como una nativa, que eso no tenía ningún valor. Tampoco como una escritora (aunque, y esto lo sabemos nosotros, es imposible no escribir como un escritor). Quería escribirlo con el lenguaje deficiente y lacrimógeno con el que lo sentía. Así:
“Me subí las medias mientras sollozaban todos los gatos del barro. Un hombre, justo detrás de mí, tocaba la guitarra como si en ello le fuera la vida. Así una puede escuchar la música como realmente es. Puede descalzarse de arriba abajo y comer anacardos a las tres de la madrugada rezándole al teletienda, pidiéndole ser parte de ese gomoso y ortopédico mundo, de esa realidad psicotróncia, pornoestática, paralela, turuleta.
Quería las enormes tetas de las presentadoras para que me las mordisquearan continuamente un par de hamsters gemelos. Quería, mientras estos practicaran la orfebrería con mis pezones, tener a mi padre al lado, siempre, tocando la guitarra, tocándola como el hombre que está justo detrás de mí ahora.
Puedo sentirme como en casa si lo que más necesito en este instante es cortarme las uñas de los pies en silencio y con mimo. Una sólo tiene tiempo de ponerse a pensar en los cumbaiás que tocan la guitarra para demostrar que tú no sabes tocarla; a pensar en todo lo que no aprenderás a hacer nunca debido a tu relamido y peculiar puritanismo de ameba descorchada cuando se retoca los padrastros.
Y, sin embargo, qué incomprendido el beatismo de la que añora ser brutalmente violada. Con qué ímpetu me saltaría las caricias y luego se las suplicarías de rodillas a cualquier rata mutante y sonriente.”

Mia, para reírse, sólo buscaba un par de elfos, les hacía cosquillas en los pies, les colaba lombrices por la ropa y luego dejaba que se fueran enfadados y sucios al lugar donde les diera la gana ir.
Un olor a estofado arropaba las paredes de su casa. Cuando esto sucedía, su casa era más su hogar que nunca. Con su padre haciendo esa comida que no le gustaba y que, por alguna razón, tenía que comer dos veces por semana.

Una vez pensó que si algún día le dijera a su padre que el estofado era su plato favorito, este no volvería a cocinar estofado nunca. Le diría que odiaba las patatas fritas también, que las odiaba con toda su alma. Y estaba casi segura de que la patata acudiría a ella con un abrazo doméstico y gastronómico.

“Papá cocina muy bien todo lo que no me gusta. Puede levantarse a las ocho de la mañana y meterse en la cocina a hacer su famosa sopa de lubina y cebolla. Pasarse dentro toda la mañana, cantando, silbándole a la olla véte tú a saber qué melodías pegadizas, tornándose el optimista 

septiembre de 2009

2 comentarios:

  1. Antes de leer la fecha, te iba a decir que me recordaba mucho a los textos que escribías antes. Y lo he disfrutado como entonces. Para mí, desde luego, sí ha sido una vuelta a Valencia.
    ¡Muchas gracias por este ratito!

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  2. Jo, qué bien que lo hayas disfrutado. :)
    Yo creo que este texto, si lo puede disfrutar alguien, eres tú o Jesús o no sé. Mis amigos de esa época. Está muy mal escrito y me da un poco de palo, pero me recuerda a una época guay de mi vida. Con cambios y eso... Justo antes de irme a vivir a Alboraya lo escribí.
    Gracias a ti por decirme tu opinión, guapo. :-***

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