-¿Dónde está esa personita entrañable que quieres ser?
- Qué más da. Al menos estoy yo.
-¿Por qué has decidido que sonreír es poner cara de lela?
- Se me agria el carácter. Supongo que acaba pasando. ¿A ti no te pasa?
-¿Cuándo pensaste que tu testarudez era una rémora incontrolable?
- Acostumbro a pensar que la testarudez da seguridad; que siempre hay alguien que te aceptará con ella, si vienes así de fábrica.
-¿Por qué pensar que no puedes tener razón te resulta tan desesperante?
- Admitirlo me cuesta. Imagínate que con veinte años pensaba que la gente le cortaba la cola a los gatos porque si no no dejaba de crecerles nunca. No supe la verdad hasta que una amiga -que aún se está riendo- me dijo que era para que no les creciera más.
-¿En qué momento pasaste a sentir vergüenza, a creer que no mereces unas líneas de autoayuda, un abrazo inesperado?
-
Quiero ir al psicólogo a que me digan por qué puñetas quiero ir, yo que siempre he pensado que es una pérdida de tiempo y de dinero.
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