Las imágenes y luego un silencio que no se acaba por mucho que una cante sola, a viva voz por los pasillos. Los ojos (ya conocidos, ya mirados) de quien ronda en los alrededores y no se queja del aburrimiento. Las ganas con las que se queda ella de decir algo, de pulirse la lengua y clavar los colmillos hasta el fondo; las que tiene de dejar de escuchar memeces, de tener que enfundarse en ellas, de derrocar a los estetas.
Ya la loca se va haciendo pequeñita, dejándose llevar por sus sandalias y los alaridos de algún cachorro malherido que deja a su paso. Y todo esto porque los cachorros no soportan que no sepas cuidarlos.
Como digo, se hace pequeñita a medida que se aleja de este lado. De este modo, el camino le sirve para tenderse las manos hacia sí, ahuyentar las otras formas y abrazar los contenidos que había creído abandonar pero que, curiosamente, la estaban esperando. A partir de ahora va a elegir sus magulladuras.
Se ha callado, pero no ha perdido esta vez.
¡que no se calle nunca!
ResponderEliminarPor alguna razón no había leído esto antes... Y ahora lo he hecho una y otra vez.
ResponderEliminarJolín, me gusta y me emociona.